SMALLVILLE 25 ANIVERSARIO: 25 AÑOS Y 7 HISTORIAS

 


Es viernes 16 de octubre, un día normal para muchos, pero hoy se conmemora el 25 aniversario de Smallville, la serie sobre el joven Clark Kent que volvió a darle a Superman el protagonismo que había perdido. Podría haber finalizado este especial de muchas maneras, pero solo una era la correcta: reunir a diferentes fans de la serie para que narraran su experiencia con Clark, Lana, Lex y compañía. A continuación, tenéis historias de todo tipo, y todas ellas son únicas y especiales. ¡Vamos allá!

Smallville: A Tale of Two Friends

@brendawalshforeverspain

Una de las características más reconocibles de Smallville (junto con tener la mejor canción de los créditos de todas las series de la historia) es su tono absolutamente reverencial hacia el Superman de Christopher Reeve, Margot Kidder y Richard Donner. Y es que Smallville, más que adaptar al personaje de los cómics de DC (en cuya juventud solía ser Superboy con sus mallitas y su capita hasta que un problema de derechos obligó a eliminarlo… para luego readmitirlo en el canon - locuras de los tebeos-), lo que hace es rellenar ese hueco de la película de 1978 entre que Clark se marcha de la granja de los Kent y cuando le vemos salir volando de la Fortaleza de la Soledad. En la película de Donner apenas vemos dos o tres estampas de su vida teenager: pateando con rabia un balón de fútbol americano (por no poder jugar y ganar a todo el mundo), siendo rechazado por los jocks del equipo o corriendo cuando nadie le ve faster than a locomotive… y no sería hasta la llegada de la serie de Al Gough y Miles Millar, el 16 de octubre de 2001, que veríamos una de las etapas más formativas del (super)hombre: la adolescencia. Sin elipsis ni historias: diez temporadas hasta que se pone el traje, diez temporadas de exploración profunda, a veces reiterativa, a veces sorprendente, siempre respetuosa, de la vida del jovencito Superman: fiesta en casa cuando no están los padres, cómo hacer el trabajo de Historia cuando tienes que salvar (otra vez) a tu vecina (y amor platónico) Lana Lang, descubrimiento de poderes y gozamiento de los mismos hasta que aprende a dominarlos, etc.

Smallville, denominada en algunas webs de los primeros 2000 como “Krypton’s Creek” por su inicial mezcla de drama adolescente con heroicidades por parte de su protagonista (junto al hecho de que la serie comenzó a emitirse en la WB, la cadena teen por excelencia con Dawson Crece, Buffy Cazavampiros, Roswell, etc.), se regiría siempre por una premisa (bueno, dos si contamos la de “sin vuelos y sin mallas”): el Clark/Superman de Christopher Reeve era texto sagrado, no solo en cuanto a ambientación, música, estilo visual, etc.; sino, sobre todo, en cuando a la ética y la moral que regirían al Clark de Tom Welling y a la propia serie: todo hombre es bueno, todo el mundo puede redimirse, la justicia y la verdad son ideales a los que aspirar (ay, en lo de la verdad quizá resbaló un poco el bueno de Clark, jejeje), nunca hacer el mal… la bondad como modo de vida, en definitiva. En las (afortunadas) palabras de la Lois del Superman de James Gunn: “Tú crees que todo el mundo es maravilloso”. La poca o ninguna experiencia actoral de Welling, su bisoñez, inocencia y hasta hieratismo ante la cámara no jugaba en su contra sino todo lo contrario: el Clark de Smallville era la inocencia personificada, y una mirada limpia y nueva, casi podríamos decir… extraterrestre, era necesaria (¿será por esto que se impuso a Jensen Ackles?).

Fuente: The WB

La serie solo se permitió (inicialmente, luego haría muchos “bolero mix” con la mitología y se soltaría bastante más el pelo en cuanto a remezclas y retellings) dos cambios con respecto a lo visto en las películas de los 80: Lex Luthor era amigo de Clark Kent en su adolescencia (¡!) y Jor-El, el padre biológico de Clark, era un auténtico gilipollas capullo; no, en serio, las pruebas a las que este hombre/holograma sometió a su hijo durante diez años son para encerrarle a él en el cristal ese que vuela por el universo con los criminales atrapados dentro (delicioso guiño, sin embargo, que a Jor-El le pusiera voz Terence Stamp, el Zod de Superman II -el encarcelado era ahora el carcelero-). Pero centrémonos en lo de Lex siendo colega de Clark porque esto es, sin duda, la piedra Rosetta de la serie (¡y mira que han aparecido piedras y cristalitos en Smallville!), el quid de la cuestión, el meollo del asunto: esta siempre fue la serie de cómo Clark llegaría a ser Superman… y cómo Lex llegaría a ser, bueno, Lex. Pero ya no el colega de Clark, sino “la mente criminal más grande del planeta”, su némesis por antonomasia. Para esta trama de frenemies era vital contar con un actor capaz de vender la transformación de mejor amigo en rival a muerte: enter Michael Rosenbaum, un joven talento de Hollywood con un don innato para la comedia y, muy importante esto para el papel de Lex, una querencia natural y disfrutona por el “showmanship”, es decir, el espectáculo, ser el alma de la fiesta, el centro de atención; quién mejor para dar vida a alguien que lo primero que piensa cuando Superman empieza a salvar gente y rescatar gatitos de los árboles es que le está ganando en popularidad.

El viaje de ambos (ay, madre, es escribir “viaje” y recordar la turra que nos dieron con el famoso “Traveller” durante tantas temporadas…) es lo que hizo de Smallville una serie adictiva. Los salvamentos de Clark, su cuelgue por Lana y el enésimo monster of the week (perdón, freak) estaba bien, pero comprobar semana a semana cómo se deterioraba la amistad de Lex y Clark por la ambición desmedida de uno (como la de C. Tangana) y los secretos del otro se tornó en algo apasionante: ¿cuándo descubriría Lex que Clark tenía poderes? ¿No sería más fácil para Clark, simplemente, confiar en su amigo? Ay, madre, ¡¿estaba creando Clark indirectamente al “Lex Luthor” que todos conocemos?! La respuesta es un “Pozí” bien grande; en esa inquebrantable rectitud moral de Clark donde las cosas eran blancas o negras no tenía cabida un Lex más aficionado a moverse en una escala de grises. Los valores de Clark, que tanto le ayudarían en su misión de convertirse en el héroe que estaba destinado a ser, tuvieron como contrapartida la creación de su némesis.

Esta integridad, honradez y sentido del deber no le vino a CK por ósmosis, sino que fueron valores que le inculcaron sus padres Jonathan y Martha Kent (John Schneider y Annette O’Toole, respectivamente). Fueron ellos quienes, además, le enseñaron el valor del trabajo duro, que había algo valioso y noble en clavar zanjas en el suelo durante una hora en lugar de hacerlo a supervelocidad en un minuto; esforzarse en hacer algo lo mejor posible siempre será mejor que despacharlo por la vía rápida. Esto es algo con lo que parece identificarse Tom Welling, al menos a tenor de lo que ha ido diciendo, aquí y allá, en Talk Ville, el rewatch podcast de Smallville que hace junto a su compañero y amigo Michael Rosenbaum (esperemos que en la vida real no le oculte tantos secretos como en la ficción porque la liamos). El actor que interpretó a Kal-El/Clark/SupermanThe Blur durante diez temporadas es un gran defensor del trabajo duro, como atestiguan no solo el hecho de que estuviera prácticamente en cada plano de la serie (es una exageración, pero poneos a pensar en una serie donde el protagonista esté tan presente todo el rato), lo que le exigía jornadas maratonianas de grabación; sino también por sus declaraciones en el mencionado podcast al respecto de su involucración en la serie: adoptó el papel de productor ejecutivo con el paso de los años, se preocupaba de la correcta integración de los nuevos actores o estrellas invitadas, y tenía una visión de conjunto del producto en el que participaba; se preocupaba de que el resultado final fuera lo mejor posible, en lugar de grabar sus secuencias a la carrera para poder marcharse a casa. En este sentido, se produce una interesante mímesis entre Clark Kent y Tom Welling: el trabajo duro, la ética del esfuerzo, como constante.

Es curioso, pues, que pese al deseo de Tom Welling de no ser identificado como Superman (el actor siempre ha declarado que él dio vida a Clark Kent – en una charla con Rosenbaum declaró que “Nunca quise ser Superman, así que en mi contrato me aseguré de incluir que nunca tendría que ponerme la capa, las mallas o el traje”-) haya terminado siendo uno de los más reconocibles, sino el que más para toda una generación de espectadores, precisamente por su insistencia en ser Clark y solo Clark; y es que “la verdad, la justicia y un mejor mañana”, el actual lema de Superman (“the american way” fue abandonado en una cuneta hace años), jamás ha estado mejor encarnado que por el Welling de Smallville. Esta mímesis de la que hablamos del actor y su personaje respecto al trabajo duro parece ser uno de los valores del Tom Welling actor.

No sorprendemos ni herimos a nadie si decimos que no tiene el talento interpretativo de otros Supermanes (Reeve, Corenswet), pero a echarle horas y esfuerzo no le gana nadie, como atestigua no solo el tiempo dedicado y ya comentado a Smallville, sino el resto de su carrera: nacido el 26 de abril de 1977 en Putnam Valley, Nueva York, Thomas Joseph Welling empezó en el mundo del espectáculo como modelo para Tommy Hilfiger, Abercrombie & Fitch o Calvin Klein para darle un volantazo a su carrera en el año 2000, cuando se mudó a Los Ángeles para convertirse en actor. En 2001 da vida a Rob "Karate Rob" Meltzer en la serie Judging Amy, para poco después hacerse con el papel de Clark Kent en Smallville, donde permanecería hasta su finalización en 2011, tras 217 episodios. En esos 10 años, además de salir en el 95% de los planos de la serie por la que es mundialmente conocido, dirigió siete episodios y se convirtió en productor ejecutivo de la misma, fue uno de los productores de Hellcats (la fallida serie de animadoras de la CW, cadena a la que también pasó Smallville tras la fusión de WB y UPN), e intervino en los remakes de Terror en la niebla (2005) y Doce en casa y secuela (2003 y 2005).

Tras la finalización de Smallville hemos podido verle en cintas originales como Parkland (2013), Decisión final (2014), La decisión (2016), Clear Cut (2024) y Mafia Wars (2024); así como en la tercera temporada de la serie Lucifer dando vida a Marcus Pierce/Caín (2017-2018), Professionals (2020) y The Winchesters (2022); además de aparecer junto a Erica Durance en aquel mega-crossover de la CW y todas sus series superheroicas denominada Crisis on Infinite Earths (2019). Welling siempre ha encarado su profesión como eso, un trabajo, más que como un arte o una profunda exploración del alma.

En el otro extremo del espectro, fanático de la actuación, los actores, el cine de terror y los superhéroes (ha puesto voz a Flash en varias películas de animación), tenemos a Michael Owen Rosenbaum, nacido el 11 de julio de 1972 en Oceanside, Nueva York. Un amante de los focos desde chiquitito (se le da la mar de bien estar debajo de ellos, ahí están las convenciones con fans y sus podcasts Inside of You y Talk Ville para demostrarlo), su carrera es muy apreciada en Brenda Forever gracias a sus papeles en películas y series para nosotros de culto como Leyenda Urbana (1998), Zoe, Duncan, Jack y Jane (1999-2000), Sweet November (2001) o incluso aquel en el que tuvo que lidiar con un pelucón delirante para Cursed (2005), la Scream-con-hombres lobo que no les salió bien a Kevin Williamson y Wes Craven. Recomendamos la comedia Impastor (20015-2016) donde está graciosísimo y que escuchéis alguna de sus canciones con su grupo Sun Spin.

Tom Welling y Michael Rosenbaum, dos mejores amigos en la vida real que, gracias a su enemistad en Smallville, nos regalaron al Clark Kent que mejor ha representado los valores tradicionales de Superman (sin serlo); y, simple y llanamente, al mejor Lex Luthor de la historia. Somebody save them en el panteón de los actores más grandes de ambos personajes.

El inicio de un superpoder

Antonio F. L. (@mrtruch)

Recordar los tiempos de la serie Smallville, como mucha otra gente en España, es recordar esas emisiones del año 2003 en La 2, si no me equivoco, donde veíamos los inicios de Clark Kent en su etapa del instituto cuando no es ni la sombra de lo que será: Superman.

De siempre fan de Superman, creciendo con las cintas de VHS gastadas de ver Superman III y con el reciente invento del DVD a mis espaldas, siendo el pack de Superman I y II uno de los primeros DVD que me compré, empecé esta serie con mucha ilusión; hasta que vino el bajón al quedarme sin más capítulos y no saber cómo continuaban esas aventuras del imberbe Clark. Tenía que esperar para seguir viendo más capítulos, y ahí fue, en ese incipiente 2003, cuando pensé si sería posible conseguir capítulos de la serie ni que fuera en inglés, y así sucedió. Se abrió ante mí un mundo nuevo, ni por asomo el que ahora con el diverso catálogo en streaming, pero vi que existía un montón de gente, sobre todo en USA, ¡que se dedicaba a grabar capítulos de la TV y subirlos a internet! ¡Por Dios! ¡Qué invento! ¿No?

Fuente: The WB

Por allá mi nivel de inglés era el del instituto y del poco más que versado inglés que me proporcionaban esos mismos DVD que me daban la opción de redescubrir mis títulos favoritos en VOSE. Sí, VOSE significa versión original con subtítulos en español, y con ese afán de saber si podía ver esos capítulos, de algún modo con subtítulos, descubrí que inventaron el modo de sacar los subtítulos para sordos, seguramente de las series en inglés, y que una gran comunidad se dedicaba, altruistamente, a traducirlos. Gracias a ello, como indico en mi título, descubrí un gran poder: el de desarrollar el oído. Como Clark Kent agudizando sus poderes, yo pude desarrollar mejor el mío con el inglés y no fueron solos esas diez temporadas en las que me acompañó esta serie, sino desde hoy día, mucho antes que Netflix y el streaming, ya casi al final de la serie, mi vida giraba en torno a ello: ver series y convertirme en seriéfilo.

Hoy, parte de mi vida laboral la desarrollo en inglés, y no sé qué nivel tendría si no fuera por esta serie, por eso y por todo ello: Gracias, Smallville.

El vuelo de Smallville

Juanma Bravo (@juanmabrav0)

No sé muy bien en qué orden, pero, preparo, pienso y reflexiono sobre distintas formas de comenzar, me decido por la más simple: una especie de meta-comienzo.

A continuación, como los vuelos relajados y contemplativos de Christopher Reeve, deslizo las palabras que formarán este texto.

Mi primer viaje a Smallville fue la película original de finales de los setenta, quizás por un tema generacional y por la imposibilidad de separarme de mi propia experiencia: Vi volar a Clark Kent con un traje.

En la Superman de Richard Donner, veíamos pinceladas sobre la infancia del personaje, pero en el intervalo entre su niñez y su faceta de reportero había una gran brecha temporal, que vimos satisfecha en Smallville.

Para mí, la gran sorpresa de la serie fue la diferencia entre los personajes de Lex Luthor. El papel que hizo Gene Hackman tenía un toque de villano suave e incluso cómico, quizás más propio de una serie juvenil, en cambio, Michael Rosenbaum le dio un matiz más oscuro, recuerdo algunas escenas un tanto lúgubres dentro de su mansión, por momentos desprendía cierta maldad, que a priori podría tener mejor encaje en una película para adultos.

Cada episodio de Smallville fue como una sucesión de respuestas necesarias, una especie de puerta que estuvo cerrada durante años a los de mi generación, era un placer oculto e inaccesible.

En Smallville me olvidé de una herida, volvió el dolor más tibio, ilusión, esperanza, quise creer que Clark caminaría para siempre y que terminaba la carrera a lomos de aquel caballo. 

Fuente: The WB

SMALLVILLE!

Israel Campos (@israel_campos_autor & @israelcampos.inker)

Recuerdo con total claridad la primera vez que supe de Smallville.

Fue en el Corte Inglés de Sol, en pleno centro de Madrid. Estaba yo dando una vuelta sin rumbo fijo por la sección de películas y mis ojos se posaron, por pura casualidad, en la portada de lo que parecía una serie de Superman. Era fácil deducirlo por el título a letras rojas y grandes. Y, en el colmo de una sagacidad detectivesca, llegué a la conclusión que el tipo en mitad del campo de maíz con cara de duro y descamisado, mostrando horas de gimnasio, debía de ser Clark Kent. La S pintada en su pecho perfecto despejó cualquier duda existencial.

¿Mi veredicto instantáneo? Una tontería.

Para mí había una sagrada trinidad: Superman era Christopher Reeve, las películas, las de Christopher Reeve (incluso la cuarta); el Clark Kent perfecto era el de Christopher Reeve. Aquella portada me pareció un intento de vuelta de tuerca a un personaje que no necesitaba ni más vueltas ni más tuercas. Aquel tipo de pecho perfecto con la S pintada me pareció un producto prefabricado que se estrellaría contra un muro.

Lo dejé pasar.

Y, por azares de un destino algo caprichoso, me topé con la serie en la tele. Con pocas ganas y una ceja levantada, posé mis ojos en la pantalla.

 Y, entonces, sucedió el milagro. Y por partida doble.

¿El primero? La idea, aún a pesar de mi resistencia inicial, me pareció válida: la juventud de Clark Kent. Era algo inexplorado en la pantalla salvo las series horribles de Superboy. Esta no sería una serie donde el superhéroe estuviera ya hecho y derecho, si no que se iban a mostrar los años mozos de Clark Kent mientras poco a poco (algunos dirían más tarde MUY poco a poco), lidiando con la pubertad y las hormonas, comprendía quién era, lo que podía hacer y el modo en que podía hacerlo.

¿Y el segundo? Que el tipo recién salido del gimnasio con la S pintada en el pecho musculado me caía bien. Es más, vi que incluso podría ser un buen Clark Kent. Y así, cosas de la vida, en lugar de ignorarle dejé de referirme a él como «Un sucedáneo de saldo de Christopher Reeve» y pronuncié un nombre: Tom Welling.

El tiempo pasó y, con él, los capítulos. Y no me di cuenta (o sí lo hice pero no presté mucha atención al sentimiento) pero estos pasaban muy rápido porque los veía a puñados y, cada vez, me quedaba con ganas de más. Tanto que no solo los veía: los compraba. Y eso me permitía verlos de nuevo cuando las ganas se imponían.

Y, mientras los capítulos pasaban a supervelocidad, vi que el universo que planteaba la serie se hacía cada vez más y más grande. Los personajes que presentaba eran interesantes y, lo que más me gustaba, las tramas entre ellos funcionaban. Vale, no siempre podían dar en el clavo pero la cosa no decaía. Ver a Lex Luthor como un joven normal (al menos en principio) y amigo de Clark fue decisivo en la serie y, si eres lector de cómics del superhéroe, comprendes muchas cosas. El círculo de Clark crecía y elevaba el nivel. Chloe es el contrapunto perfecto a Clark y un punto de apoyo esencial en el de Krypton. El modo de mostrar a Jonathan y Martha es otro de los puntos esenciales de la serie. La imagen de los viejecitos simpáticos, amables y de pelo blanco se rompe y la sustituye la de unos padres de hoy en día, con los altibajos de cualquier pareja que, además, tiene un hijo que les puede volar la cabeza con un estornudo. La representación de John Schneider como Jonathan no es acertada; es mucho mejor que eso: un hombre activo, arrojado y tan humano como superhumano es su hijo adoptivo. Lo mismo se puede decir de Annete O’Toole como Martha, una prueba de cómo puedes coger un personaje inocente e, incluso, soso, y proyectarlo de una manera tan distinta como potente.

¿Había piezas que no encajaban? Sí. Siempre pensé que el personaje de Pete Ross sobraba. Por simple, ñoño y predecible; un amigo florero. Por suerte, supieron dejarle a un lado de manera elegante.

Fuente: The WB

Pero, aunque hubo muchos más que enriquecían a Clark a su modo (los Adam Knight, los intentos de Aquaman, los Lena Luthor y un largo etcétera que no dejaban de ser escarceos para la trama) hay uno que fue mi favorito desde el principio; un titán, incluso, por encima de Clark. Y la razón es muy simple. Clark, claro, era la columna vertebral de la serie pero, por razones obvias, predecible en cuanto a su destino. Pero nada de eso se podría aplicar a Lionel Luthor. Para mí, el Cuponazo, el gordo de la Lotería, el mosquito con sangre de dinosaurio hasta las trancas. El personaje es el colmo de la maldad pero, como suele ocurrir con los villanos de lujo, te cae bien y estás esperando como agua de mayo que haga la siguiente jugada que descoloque a todo el mundo: a ti como espectador, a los personajes como ficción y a la serie entera. Luthor, como en sus días J.R Ewing o Angela Channing, resulta cínico, brillante, sibilino, absolutamente genial en todos los aspectos y eleva la maldad a la categoría de arte. Y de esto hay que buscar dos culpables. Por un lado, el guionista, o grupo de guionistas que lo gestaron, engendraron y parieron. Por otro, el enorme actor, para mí bastante ignorado y subestimando, que le dio voz, carne y rostro: John Glover. Imposible pensar en el personaje sin pensar en él. Su interpretación, porte y presencia llegan a eclipsar a muchos, protagonistas o no. Sin él, la serie hubiera caído, de manera inevitable, en el tópico de Clark/bueno, Lex/malo.

¿Otro peso pesado? Uno que se hizo esperar y que yo sabía que, tarde o temprano, iba a tener que ser incluido por una razón muy sencilla: Smallville había nacido, dio sus primero pasos y ya caminaba sola. Y es que el inevitable personaje de Lana Lang, con cara y cuerpo de Kristin Kreuk siempre me resultó un pegote, monótono e inevitable. Sí, muy mona, muy recurso amoroso de Clark, pero que no parecía aportar demasiado (y eso que los guionistas le dieron caña). Siempre me pareció que no podría ser así hasta el final porque ya la cosa con ella se ponía repetitiva y todos sabemos que lo que se repite acaba oliendo. A rancio, claro.

¿Quién faltaba, entonces?                                                                                                    

ELLA.

Erica. Lois. No sé cuál usar primero.

Con Erica Durance la serie dio un salto mortal con varios tirabuzones. El personaje aportó frescura, hizo entender a Clark que en la mesa había más primeros platos mucho más suculentos y, encima, Durance nos regaló una Lois Lane que resultó ser el equivalente a la dupla Lionel/Glover: lo clavó. Nunca entendí qué vio Clark en la mosquita muerta de Lana (más allá de lo evidente) pero, desde luego, con Lois la química resultó inevitable. Y, lo tengo muy claro, para mí hay dos Lois Lane: Margott Kidder y Erica Durance. Amy Adams pudo haber sido enorme pero, por desgracia, no le dieron oportunidad de hacer crecer el personaje en la pantalla.

Una serie de diez temporadas de más de veinte capítulos cada una puede dar para muchos momentos. Y Smallville va sobrada de ellos. Sería imposible escribirlos todos pero, hurgando en el baúl de los recuerdos, elijo unos pocos. Y, cosa curiosa, estos momentos no los elijo por su impacto en la trama (que la tienen); lo hago por el tema emocional. La muerte de Jonathan Kent (que creía que acabarían saltándosela) es uno de ellos. El personaje cae bien, es el Obi-Wan de Clark en muchos aspectos. Cuando ves que el infarto le tantea poco a poco hasta que lo fulmina (obra y gracia de Lionel) fue algo impactante. Los tonteos de Clark con el anillo de kryptonita que le hace ser un capullo de proporciones estratosféricas, haciendo referencia directa a Superman III, me parecieron buenísimos, un modo de hacer crecer al personaje y dar a entender a la audiencia no experta que Superman es mucho más que un boy scout en mallas. Cómo Clark va asumiendo poderes es algo que la serie se tomó con calma y lo supo expresar. Vale, que Clark flote mientras abraza a Lois roza de manera muy peligrosa lo ñoño pero ahí quedó. Uno de mis favoritos es el momentazo en el que la cámara se acerca en un primerísimo plano al ojo de Clark, que parece hecho de ruedas de metal, y suelta sus rayos oculares. Pura dinamita visual.

Pero, aun así, hay dos que me llegaron.

Uno, la inclusión de Christopher Reeve como Virgil Swann. ¿Qué se puede decir? Ver a tu héroe en la maldita silla de ruedas dolió (y aún duele) pero entiendo que no solo era un homenaje; era algo que tenían que hacer.

Y, sin duda, mi momento favorito de toda la serie.

Después de diez temporadas. Último episodio. Jor-El, se acerca a su hijo y le da el traje que todos deseábamos ver. Clark pone esa pose, se medio arrodilla mientras todo el suelo tiembla, da el salto y...

Esos fugaces segundos, con el primer plano de Clark, volando a toda velocidad, mientras se le recoloca el flequillo para, luego, ponerse la capa… Lo admito, me levanté del sofá presa de una emoción con una taquicardia emocional que creo que ninguna serie me ha causado. Me importó bastante poco los rodeos que dieron, las tramas que trataron o el tiempo con el que jugaron. Si la serie me había enganchado fue para ver ESE momento. Y qué momento.

O casi.

Y aquí es donde se oye el sonido de derrape.

Durante años, la gran patata caliente fue si Tom Welling iba a ponerse o no el uniforme de Superman en el capítulo final. A nivel de fan la cosa estaba clara: queríamos que fuera así. La suma de condicionantes era cada vez más aplastante. Christopher Reeve había fallecido; el puesto y la capa estaban libres. No había ni un solo candidato a ocupar su lugar que fuera digno. Welling demostró que había uno, que podría serlo sin ningún problema. El tipo fue Clark Kent diez temporadas; la gente le había aceptado y querido, algo impensable años atrás. El tema se puso muy caliente. Recuerdo aquella portada de la revista Time (parad y pensar: el final de una serie en la revista Time) donde Tom Welling, vestido con el uniforme de Superman, posaba sentado y sonriente. Supongo que sería un montaje pero verle fue brutal. Uno de los instantes más decisivos fue cuando Alex Ross, el tipo que dibuja superhéroes como si fueran fotos, hizo una pintura en blanco y negro de Superman con el rostro de Welling. Ross había dibujado unas ilustraciones de Superman perfectas. Y si el dibujante que dibujaba a Superman de manera perfecta aceptaba a través de un dibujo a Welling… Vamos, blanco y en botella. Muchos dábamos por hecho que, al final, el traje kryptoniano tendría nuevo dueño… Pero, como dijo John Lennon: El sueño ha terminado.

Y fue el mismo Tom el que contribuyó a terminarlo. Según leí después, el actor no quería enfundarse el traje, temeroso de que la denominada «Maldición de Superman» (maldición que ha afectado a dos actores de todos los que han interpretado al personaje) le alcanzase a él. Cosa curiosa, de algún modo lo ha hecho, ya que su carrera, después de Smallville, no ha dado para mucho. Y eso sin ponerse las mallas. Los guionistas dijeron, en un intento de maquillar la espantada, que, a fin de cuentas, la serie era sobre Clark, no sobre Superman, una tontería bastante bohemia porque es imposible entender al uno sin el otro y, de haber sido así, podían haberse ahorrado el último capítulo. Otros, los más ofuscados, argumentaron que Tom estaba demasiado fondoncete para vestir el traje. A saber…

Esto hizo que ese último capítulo estuviera lleno de cosas que patinaron mucho, por no decir que fueron tan absurdas como tontas. Fijar la cámara en el rostro de Welling para que el traje no se viera en pantalla mientras volaba, enfocar desde atrás a un doble en la escena del avión, usar un minisuperman hecho por ordenador de manera más que discutible…

Aquel último capítulo fue decisivo en muchos sentidos. Tuvo un pico emocional como ninguno. Pero la resolución visual fue vergonzosa y, bien mirado, resultó ser un bofetón para todos los que seguimos la serie diez años (ahí es nada). Pudo haber sido un remate no muy digno; espectacular. Hoy es una serie legendaria pero, si Welling se hubiera mostrado como un Superman magnífico en toda su gloria, mostrando que acepta su destino (personaje y actor), ahora estaríamos hablando de algo mucho más enorme.

Por suerte, el mal sabor de boca se mitigó con un milagro in extremis. Lo último que faltaba, la guinda que, cuando comenzó a sonar, nos hizo comprender que alguien tuvo que pensar que esto, sin duda, compensaría tanto detalle feo: las notas del maestro John Williams mientras Clark, en el tejado del Daily Planet, se rasgaba las vestiduras mostrando esa S que, durante tantos años, quisimos ver en su pecho musculado.

Ya solo por eso, te lo perdono, Tom.                                

Always hold on to Smallville

Laura López (@laura_lamiel) & Esther López (@cronicusen & @e.deceramica)

Qué difícil es ponerse delante del ordenador para narrar la importancia que Smallville ha tenido en mi vida. Es un texto muy especial en el que, además, también participa mi hermana, así que voy a intentar poner orden a un montón de ideas que están pidiendo su turno para dar forma a este relato. Si os soy sincera, cuando Smallville llegó a La 1 en el verano de 2003, no le presté mucha atención. Para mí el único Superman era Christopher Reeve y nadie más podía hacerse cargo de aquel honor. Para poneros un ejemplo, el siguiente Superman que vi después de Reeve fue Dean Cain y nunca lo acepté (el tiempo me ha acabado dando la razón porque menuda perlita que es Cain), así que, en este sentido, mi mentalidad alrededor de Superman era bastante cerrada. Sin embargo, una tarde de aquel verano me compré la Supertele, revista mitiquísima, y en su portada estaban Tom Welling, Kristin Kreuk y Michael Rosenbaum. Todos ellos vestían de blanco inmaculado y la imagen me pareció una preciosidad. En ese momento mi cabeza hizo click y decidí darle una oportunidad. El resto, como se suele decir, es historia. A Smallville le debo mucho porque, al igual que los personajes, yo también tenía más o menos la misma edad que ellos; así que se podría decir que crecí a su lado. Me han acompañado en los buenos y en los malos momentos y, al igual que con Dawson crece, están muy arraigados a muchos momentos de mi vida. Gracias a Smallville me di cuenta de que había vida más allá de Christopher Reeve y que las diferentes encarnaciones del personaje podían convivir juntas y en harmonía. Redescubrí al personaje a muchos niveles y esto me ayudó a ver, y también apreciar, las diferentes aristas de su personalidad.  Smallville me marcó tanto, que incluso durante un tiempo quise que Clark y Lana acabaran juntos. Sabía que esto era imposible porque el futuro ya estaba escrito, pero Smallville tenía tanta vida que llegué a pensar que se desligaría de lo que estaba por venir para reescribir su propio destino.

De Smallville destacaría muchas cosas, pero me gustaría recalcar tres. La primera es el Lex Luthor de Michael Rosenbaum. Su Lex es el mejor hasta la fecha porque su personaje fue evolucionando a lo largo de casi una década y sus contradicciones eran constantes (como John Lennon, al que ha citado el amigo Israel en su texto). Todos sabemos que acabará siendo el rival de Clark, pero aun así se puede apreciar todo el potencial de Luthor y todo lo que podría haber sido si hubiese elegido el camino correcto. Es la caída de un antihéroe que se convirtió en el personaje de la serie y al que yo, por lo menos, le tenía un gran cariño. Fue una maravilla ver la transición de Lex y esto, además de a los guionistas, se lo debemos a Rosenbaum y su potente interpretación. Michael, todos lloramos tu caída al lado oscuro.

Fuente: Popverse

El otro punto a destacar es la maravillosa Lois Lane de Erica Durance. Erica me cautivó desde su primera escena y desde ese momento ha sido mi Lois favorita. Lois no debería haber estado en Smallville porque ella no pertenece a ese tiempo, la periodista forma parte de Metrópolis y de la vida adulta de Clark, pero la serie supo integrarla muy bien en la trama y fue un lujo verla crecer y, al igual que Clark, abrazar su destino. Esta encarnación del personaje es uno de mis referentes y nadie ha conseguido quitarle el puesto en lo más alto del podio.

El último aspecto que me gustaría destacar incluye a mi hermana pequeña, Esther, que también se aficionó a la serie, aunque por tiempo limitado. Mi hermana también creció con las películas de Reeve, pero no compartía esa pasión por el personaje. Sin embargo, durante las largas noches de verano en las que no teníamos instituto y podíamos irnos a dormir a las tantas,  la introduje en el mundo de Smallville. Durante ese verano vimos varios episodios juntas y se aficionó a la serie, pero después ya volvimos a la rutina estudiantil y esas noches se acabaron, pero siempre hemos guardado un bonito recuerdo de ellas. Eso sí, mi hermana piensa que la serie perdió un poco de su encanto con la llegada de Lois, así que esta se la tengo guardada. A pesar de no ser muy fan de Lane, mi hermana tiene un tatuaje con las palabras Breathe Again, de Sara Bareilles, la canción que se ha convertido en la banda sonora de la fallida boda de Lois y Clark. Actualmente, estoy introduciendo a mi sobrino en el mundo de Superman y parece que es más receptivo que mi hermana (su madre); aunque debo admitir que, por ahora, es más de Flash. ¡Tiempo al tiempo!

Han pasado más de 25 años desde su estreno, pero como diría el padre de Clark: Always hold on to Smallville (Aférrate siempre a Smallville). La historia del joven Clark Kent amplió y fortaleció el legado de Superman, y en mi caso, y como he dicho antes, la serie está arraigada a momentos muy especiales que recuerdo con nostalgia y melancolía (algunos han resultado ser bastante irónicos, la verdad). Supongo que es la magia de la vida.

Smallville se despidió en mayo de 2011 (este año celebró su 15 aniversario), pero es una serie que sigue muy viva y que promete seguir encandilando a diferentes generaciones. Me ha hecho mucha ilusión cerrar este ciclo con una entrada escrita por diferentes fans; ya que, como comenté en el texto dedicado al piloto, no sabía si finalmente iba a realizar este ciclo por su 25 aniversario, pero por Smallville se hace lo que sea. Muchas gracias a todos y todas, de verdad. Me pondré en contacto con vosotros para el 30 aniversario.

¡Feliz cumpleaños, Smallville!

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